De 1800 a 1900.
¡Vayan matando! Era la voz que más se escuchaba en Lima antigua ante la proximidad de alguna fiesta de cumpleaños.
Si pues, estos cumpleaños podían durar hasta ¡8 días! Sí señor, sí Señora, hasta 8 largos días según Manuel Acosta Ojeda la cosa empezaba en la previa al que se le denominaba la víspera, esta fiestita era para esperar las doce de la noche en la cual se comenzó a tener en casa a los consabidos cantantes que ofrecían una Serenata al cumpleañero o cumpleañera, se empezaba desde la tarde, los invitados comenzaban a llegar después del almuerzo luciendo sus mejores galas, y se salía después del desayuno habitual.
Los invitados regresaban más tardecito con regalito en mano, besito o abrazo incluido. Al día siguiente se celebraba la “joroba”, para la llegada de los invitados estos saludaban frotando la mano en la espalda del festejado. El cuarto día de festejos era la “Corcojoroba” Y a partir de este momento el atuendo era un poco más informal.
Al quinto día se le denominaba “recoba”, al sexto día “respinguete”.
El séptimo día se le denominaba “andavete” y el octavo día con el que finalizaba toda la ceremonia se le denominaba “la octava”.
Me imagino que ustedes se preguntarán de dónde sacaban comida para tantos invitados, bueno, aunque parezca mentira, estas celebraciones no eran tan caras como se supone, tengan en cuenta que en el patio trasero de las casas, las familias solían criar patos, pollos, gallinas por lo que los insumos los tenían a la mano.
Bueno entonces ¿a qué hora trabajaban estos hombres y mujeres célebres? Toda la celebración de cada día terminaba después del desayuno que servían los anfitriones a sus familiares y amigos.
La vieja costumbre nos cuenta, que cuando llegaba el último invitado, las puertas se cerraban con llave, sin poder salir nadie hasta que termine la fiestita del día, la llave se tiraba en un jarrón con Pisco, el que tomaba el último trago de este delicioso licor era el encargado de abrir la puerta, otro era que la llave se la escondía la dueña de la casa en su corpiño, obligando a los invitados a esperar hasta el final del evento.
Volviendo al tema laboral o el trabajo, me imagino que después de aquella celebración de 8 días el cuerpo quedaría totalmente destruido y el estómago… creo que lo dejamos ahí.
Estas celebraciones se dieron entre 1800 y principios de 1900 y eran disfrutados por todos los estratos sociales, siendo los de la clase alta los que tenían mayores recursos, la clase baja se valía de los compadres, familiares y amigos para llenar los estómagos de los invitados.
Si hoy siguiéramos esta tradición limeña, uno no habría tanta plata para sostener a tantos gorrones, dos nuestros patrones al oler la cantidad de Pisco ingerido nos ponían de “patitas” en la calle y tres con tanta tragadera el colesterol y triglicéridos nos harían volar por las nubes, para eso prefiero quedarme con el saludo de mi familia y de mis amigos o poner pies en polvorosa e irme a la punta del cerro más alejado de mi ciudad a celebrar mi cumple.
