EN 1950, EL PARQUE AUTOMOTOR ERA POCO A COMPARACIÓN DE LO QUE VEMOS HOY EN NUESTRO PAÍS.
La congestión, los nudos, el smog, y el toque de bocinas para hacer acto de presencia y que no exista un peatón imprudente que por andar con el celular en la mano quiera cruzar a ciegas una vía de alto tránsito.
Volvamos a nuestra historia, en esa época loa autos no pasaban de 50 kilómetros y el chofer se sentía un as del volante, corría por las despejadas calles haciendo sonar su infaltable chicharra que anunciaba a más de una cuadra que iba a pasar por ese sector.
Eran coches que aún se manejaban con manivela, me parece que no llegaron los de encendido automático sino hasta mediados de esa década.
Los coches costaban un ojo de la cara, pero claro, eran irrompibles, no como los de ahora que de cualquier cosa se convierten en acordeón.
La conducción por lo general recaía en un caballero, pese a que había algunas mujeres que también le entraban al timón.
El frio de Lima, obligaba a las familias a salir en busca del calor, un día antes, la mamá preparaba la comida que iban a llevar en el viaje, las ollas se preparaban en la noche y se dejaban reposar hasta el día siguiente.
Por lo general, el papá se levantaba muy temprano, antes que se paguen las luces de la ciudad, lavaba el coche y revisaba las llantas hasta dar conformidad que todo estaba en regla, infaltable era llevar un mapa desplegable para no perderse en la ruta.
Los chicos se metían al carro con cara de sueño, mientras la madre trataba de animarlos cantando canciones infantiles, mientras eso ocurría, el padre comenzaba un ritual de un uniforme que se calzaban los choferes antiguos, lo primero era una especie de sombrero de cuero muy pegado a la cabeza, luego unos lentes con unas lunas recontra gruesas que el más ciego las quisiera tener, luego unos guates de color marrón o negro también de cuero que les llegaban hasta el codo, algunos solían llevar un sobre todo que les llegaba hasta las rodillas. Una vez realizado este ritual se procedía a darle a la manivela del auto hasta que este arrancara, cuando comenzaba a ronronear el papá se subía en el coche y la aventura comenzaba.
Como todos los niños, siempre hay uno preguntón ¿A dónde vamos? Y el papá contestaba “A dónde nos lleve el auto, y se pasaban horas buscando el sol, viendo paisajes hermosos, frondosos árboles, algunos insectos, flores majestuosas, hasta que la mamá viendo la hora avanzada decía bajito a su esposo “Ya es hora de almorzar”, entonces el papá se cuadraba a un lado del camino y la mamá corriendo sacaba las cosas, primero limpiar la zona donde iban a merendar, luego sacar el mantel, por lo general era de cuadritos rojos con blanco, luego las ollas con la merienda y con un grito, la tropa se acercaba corriendo para saborear lo que la mami les había preparado. Terminado el empacho, la mami sacaba un postrecito que repartía entre todos y que todos aplaudían. Los padres se sentaban a ver a los chicos correr, jugar, saltar, la mamá decía “ojalá que se cansen para que en la noche podamos jugar…” y el papá esgrimía una pícara sonrisa.
A las cuatro de la tarde el clan familiar ya estaban metidos de nuevo en el coche emprendiendo el regreso a casa. Pero el aire puro del campo fue el cómplice para que los pequeños duerman a pierna suelta, con moco y baba incluida y someterse a los designios de Morfeo malogrando así la fiesta que iban a tener sus papás.
El viaje de regreso demoraba unas dos horas, de frente a la ducha, el papá fiscalizaba ese asunto mientras que la mamá preparaba una comida rápida para la familia, recuerden que por esos tiempos no habían deliverys como hoy y si existieron fuero muy pocos, por lo que la vida en ese tiempo era más lenta.
Una vez bañados, comidos y empillamados, la tropa recibía la bendición de los papás y desfilaban a sus cuartos donde recordaban las aventuras del día. Mientras lo papis están en la cocina lavando los platos.
Los chicos no dejan de gritar y conversar, entonces el papá con cara molesta entra al cuarto y les dice: “Si siguen así no habrán más paseos campestres en lo que resta del año, es hora de dormir, voy a apagar la luz y no quiero escucha ni un solo murmullo”. Terminado el mini discurso, el papá salía de la habitación recogiendo a su mujer de la cocina, les tocaba el turno a ellos de empezar sus juegos previos duchazos de agua fría, cuando salía el último de los dos ya bien bañado y seco comprobaba que el otro estaba bien dormido y el juego tenía que seguir esperando
