LA HISTORIA ELECTORAL DEL PERÚ, GESTADA EN LIMA, NO NACIÓ DE LA VOLUNTAD POPULAR, SINO DE CANIBALISMO Y LA VIOLENCIA MÁS CRUDA. DESDE SU INICIO, CON LA ELECCIÓN DEL PRIMER PRESIDENTE CIVIL —EL PLUTÓCRATA MANUEL PARDO Y LAVALLE, SOSTENIDO POR SU RIQUEZA OBSCENA PROVENIENTE DEL GUANO—, EL PODER SE DISPUTÓ COMO BOTÍN: ENTRE ÉLITES VORACES, TRAICIONES ABIERTAS Y UNA BRUTALIDAD SIN DISIMULO CON UN PUEBLO DE REDIL.
El último acto dantesco de las Elecciones de 1872 fue el golpe militar de los hermanos Gutiérrez contra el gobierno saliente de José Balta quien fue el último presidente del primer militarismo y su gobierno se caracterizó por grandes obras públicas, como ferrocarriles, financiadas por la bonanza del guano que duró de 1839 a 1870.
Ese dinero creó la primera oligarquía peruana la misma que luego de financiar a los militares tomó la torta para sí sola organizándose en el primer partido civil con Manuel Pardo Lavalle su fundador una vez plutoenriquecido con la plata del guano. El final de los militares golpistas fue descrito como «una escena macabra».
El presidente peruano José Balta asesinado el 26 de julio de 1872 en Lima por orden de Marceliano Gutiérrez, tras su golpe de estado perpetrado junto a sus hermanos Gutiérrez para evitar el traspaso de mando al presidente civil electo Manuel Pardo (tras realizar una campaña multimillonaria). Balta fue tiroteado y acuchillado en el Cuartel de San Francisco mientras estaba bajo custodia.
En su crónica sobre los sucesos, Faustino Silva se refirió a esa «pira enorme» construida frente al Palacio de Gobierno con gruesos troncos de algarrobo en donde fue arrojado Tomás Gutiérrez, Secretario de Guerra del presidente Balta, el que al arder empezó a arrojar «un nauseabundo olor a carne asada» (Silva 1927).
Un asqueado Federico Panizo describió que el acto, en el que también fueron quemados otros miembros de la familia Gutiérrez (sus dos hermanos militares Silvestre y Marceliano), corrió a cargo de «una muchedumbre desenfrenada, fuera de sí, ávida de venganza, sedienta de sangre, cuya algazara y gritería unidas al ruido de las armas y al disparo de los rifles ensordecían a cualquiera».
Algunos hablaron, incluso, de actos de canibalismo, de los cuerpos despedazados de los hermanos cuyos restos «se repartió la plebe». El diplomático italiano Pietro Perolari-Malmignati colaboró en la construcción de esa leyenda de brutalidad popular cuando afirmó que «se vieron negros, sin duda ebrios, que se llevaron a la boca [las] carnes asadas» de las víctimas «en alusión de comérselas» (Perolari-Malmignati 1882).
La muerte de Balta precipitó el desmoronamiento del aparato estatal y el desborde social que le sucedió. Así, a menos de 24 horas del asesinato, Tomás Gutiérrez se vio forzado a buscar refugio en el cuartel de Santa Catalina para ser después asesinado por una turba enardecida.
Basadre anota que el ensañamiento contra el exministro de Balta, cuyo cuerpo fue llevado a la Plaza de Armas para luego ser colgado junto con sus hermanos, fue tan grande que uno de los atacantes le «cortó el pecho desnudo con un sable mientras decía: ‘¿Quieres banda? Toma banda’» (Basadre 1983). Los cuerpos de los militares golpistas fueron colgados en las torres de la Catedral y luego quemados en una dantesca hoguera frente a su atrio.
El «viernes sangriento» en el que se produjeron los asesinatos del presidente José Balta y de los hermanos Gutiérrez, marcaron el clímax de una de las jornadas electorales más violentas del siglo XIX.
Las barricadas que se formaron en el corazón de Lima, ubicadas en las calles Mercaderes, La Merced, Coca y otras adyacente a la plaza de armas y el cuartel Santa Catalina, dieron cobijo a los cientos de activistas que, como Juan Chincha, Santiago Távara y Ángel Castro, intentaron hacerse del control de la ciudad.
El Comercio comparó a la masa limeña con la parisina, que como ella fue capaz de derrocar a un dictador como Robespierre.
En la ilustración “Tomás Gutiérrez y Silvestre Gutiérrez (el primero, autodenominado presidente de la República y el segundo su hermano y compañero) colgados en la Catedral de Lima”.
El antimilitarismo del gobierno de Manuel Prado traería años después una de las debacles más horrendas de la historia del país con la guerra del pacífico y la derrota ante Chile en 1879, al tener unas fuerzas armadas desabastecidas por su rivalidad y temor al golpe de estado de los civilistas con los militares; los mapochinos nos invadieron hasta el mismo norte peruano.
Luego de ser potencia militar en sur américa y haber amenazado con nuestra armada naval al mismo estados unidos en 1849 cuando Castilla envío el bergantín de guerra «General Gamarra» a San Francisco, California. La misión fue rescatar y auxiliar a los peruanos varados tras ser embaucados por los yanquis, con «la fiebre del oro» y se negaban a deshacer sus contratos. Reteniéndolos contra su voluntad. Nunca dejó de apuntar y amenazar con sus sus cañones a los norteamericanos en su propia casa, al momento de rescatar a los peruanos. Perú era potencia militar de américa y respetado, gracias a las ganancias del guano. La oligarquía socia y financista de militares en el poder, invertía en armas en esos momentos, para defender sus riquezas del guano de otras potencias extranjeras.
Lo contradictorio es que el Partido Civil aristócrata o mal llamado de derecha, nacionalizó, el salitre que era explotado por consorcios ingleses-chilenos en el sur, en su afán de Pardo y Lavalle de explotar el salitre de la misma forma como se hizo rico con el guano de isla y 35 años después ya se había consumido totalmente. Perú en crisis y con una naciente deuda externa. La «prosperidad falaz» la llamó Basadre.
La expropiación hecha por los millonarios peruanos, dueños del estado desde el gobierno, fue el detonante del conflicto. La ambición de una oligarquía civil que tomó el gobierno por la vía electoral vio nuevamente dinero fácil en el salitre peruano, que pasó a ser chileno definitivamente al finalizar la guerra promovida por los oligarcas.
Ante el destrozo civil en el gobierno, tras la guerra del pacífico llega el segundo militarismo con el lema «la reconstrucción» y una vez más el civilismo toma el poder llamándose la «república aristocrática», un tercer militarismo y así sucesivamente. Elecciones, canibalismo y violencia brutal parecen atadas a la historia electoral peruana.
