Debemos tener presente que el Dr. Jorge Basadre reconoce que a fines del siglo XIX y principios del XX, el “cultivo y divulgación de la música popular de inspiración nacional”, floreció notablemente, “a pesar de la presión intensa de las modas llegadas del extranjero” (“Historia de la República del Perú”, Lima, Talleres Gráficos P. L. Villanueva S. A., 1964, t. X, p. 4605).

Al referirse el Dr. Basadre a la “música popular de carácter nacional”, afirma que “Dentro de este sector cabe diferenciar la música culta que capta a las mayorías, y la que puede ser denominada ‘popular popular’, compuesta a base de intuición”. Agrega que “La primera no estuvo demasiado distante de algunas expresiones del grupo dentro del que se ha ubicado ya a Duncker Lavalle, [Theodoro] Valcárcel, Chávez Aguilar, López Mindreau y otros”.

A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX


La música “popular popular”, según el Dr. Basadre, “encontró su vocero fiel, a lo largo de muchos años, en el periódico denominado ‘El Cancionero de Lima’, muy buscado en los barrios populares y desdeñado por los círculos intelectuales”. Además, en esta música “popular popular” era notoria “una vena jaranera y criollísima que va desde Alejandro Ayarza hasta Felipe Pinglo y sus contemporáneos”, incluyendo las grabaciones en discos fonográficos del dúo Montes y Manrique (año 1911), y el gran apoyo que tuvieron estos cantantes y músicos populares durante el gobierno de don Augusto B. Leguía, en las fiestas de Amancaes, del 24 de junio de cada año (Idem, p. 4615).

Recuerda también el Dr. Basadre que “La música criolla popular había recibido, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, la influencia de las zarzuelas españolas y también de las operetas y valses vieneses”. Posteriormente, desde la década de 1920, el influjo de los ritmos norteamericanos y en especial, de las melodías argentinas, como el tango, el vals rioplatense y las rancheras argentinas, afectaron en parte a la música criolla peruana. (Idem, pp. 4617-4618). Afortunadamente se pudo superar y eliminar esas últimas influencias, que si se hubieran mantenido vigentes, habrían destruido nuestra auténtica música popular.

Este autor afirma, asimismo, que “La tradición musical criolla sobrevivió y se expandió a través de un tipo más plebeyo de exponentes”. Y también recoge lo afirmado por don Nicolás Cisneros: que “existían reductos inexpugnables que se resistían a aceptar la imposición del exterior”, y “desdeñando lo importado, se ocupaban de lo nuestro” (Idem, pp. 4617-4618). Felizmente ello ocurrió y así se salvó la originalidad de la música criolla del Perú.