EN LOS 60 LIMA SE CONVIRTIÓ EN EL EPICENTRO LABORAL DEL PAÍS LAS MIGRACIONES SEGUÍAN LUEGO DE LAS GRANDES OLAS EN EL OCHENIO DE ODRIA Y EL ONCENIO DE LEGUÍA.
Mi Nana llegó a la casa de mis abuelos maternos para emplearse en la cocina, debo decir que cocinaba como los dioses. Ella era de la sierra, de un pueblito que se llama Ayacucho, hablaba muy poco castellano al comienzo, después y con los años aprendió la lengua de Cervantes y era una lora conversando con cuanta visita llegaba a casa, en especial mis primas Ego Aguirre, para ellas mi Panquita, como le llamábamos en casa, su verdadero nombre era Pascualina Acevedo Pérez, era una salvadora, cuando en la casa de mis tíos hacían algo que no les gustaba, rápidamente tomaban el teléfono y llamaban a la casa de la tía Mara para hablar con la Panquita que les preparaba lo que a ellas le gustaba.
Solía levantarse muy temprano, invierno y verano se duchaba con agua fría porque decía que el agua caliente malograba el pellejo. Luego de su baño diario, salía rauda a comprar el pan, deteniéndose un momento a escuchar la Misa en la Parroquia del Parque Municipal de Barranco, sería por esas virtudes que cuando alguien llegaba a casa a la hora de la cena, sus ollas eran mágicas, solo había una porción, se le servía al “paracaidista” de turno y cuando veías la olla siempre encontrabas la ración para otro comensal, nunca se acababa, me imagino que como era devota de Martín y La Beatita de Humay alguno de estos le habrá soplado su secretito para que la comida se multiplique.
Panquita no sabía leer ni escribir, eso le molestaba demasiado, un día se le presentó a mi mami y le dijo: “Señora Mara, me he inscrito en la Nocturna, empiezo el próximo lunes, tu verás la comida porque yo quiero aprender a leer y escribir”, mi Panquita tenía más de 60 años cuando nos regaló el más hermoso ejemplo de superación que haya visto.
Tenía problemas con las sumas y restas a lo que ella llamaba “el quita pon”, todos ayudamos al Panquita, mis Primas Tita y Liliana se venían cuando tenían libre a enseñarle, mi mami le tenía paciencia además de un cariño agradecido por más de treinta años acompañándola, yo me tomaba uno minutos para enseñarle a sumar y restar.
Una mañana, la Panquita nos despertó, gritando de alegría, ese día no lo puedo olvidar, ella había dejado de ser analfabeta, ya sabía escribir su nombre y dirección y encima ya sabía leer con alguna dificultad, pero lo hacía y lo hizo delante de todos nosotros, era una CAMPEONA.
Mi mami y mi papi se pusieron muy contentos, mi mami llamó a su hermano Manuel, él vino corriendo a felicitar a la Panquita con toda la tropa, su esposa, y los cinco primos, todos hicimos silencio, Panquita agarró El Comercio y comenzó leer una noticia, al término, colocó su nombre con letra temblorosa al pie del periódico y todos estallamos de alegría.
Mi Tío Manuel tomó la palabra: “Pascuala, hoy nos has dado una gran lección y he traído a todos mis hijos para que se fijen que no hay edad para aprender y superarse, gracias por ese hermoso ejemplo y como hoy eres la reina, hoy no cocinas, hoy traemos chifa para todos”.
Aquél día la Panquita se quiso ir a la cocina donde solía almorzar, no era dable que la cocinera compartiera la mesa con la familia, pese a que mi mami le decía que ella era de la familia, pero terca la cholita se quedaba en la cocina, pero ese día, ese día tan especial, fuimos todos los engreídos a sacarla, se le compró un gorrito de reina y se le sentó como era mi deseo en la cabecera, fue un almuerzo y cena llena de aplausos, risas y muchas anécdotas.
Mi Panquita se marchó hace mucho, en estos momentos me ruedan unas lágrimas de amor, le debo no una crónica, le debo horas de cariño, de engreimiento, de amor. Gracias por todo mi querida Panquita, a nombre de nuestra familia gracias por habernos engreído tanto, un beso que te llegue al cielo.
